Los que estamos familiarizados con la terminología propia del coaching y de la psicología en general, hablamos muchas veces del cambio como un elemento vital que las personas atravesamos de un modo u otro varias veces a lo largo de nuestra vida. Tanto es así que tendemos a pensar que todo el mundo tiene interiorizado el significado y la trascendencia de este concepto. Los cambios son etapas que atravesamos cuando salimos de nuestra zona de confort, de eso que conocemos y se ha convertido en rutina (hablaremos ampliamente de la zona de confort más adelante, ¡vamos poco a poco!), y en ocasiones puede convertirse en un verdadero problema para la persona que lo experimenta, desembocando en una vorágine emocional de la cual es difícil salir si no se tienen los recursos necesarios.

Cambio = Crisis = Oportunidad

“El cambio significa que estamos vivos”, esa sería para mí la definición por antonomasia. Nos traslada a un mundo nuevo, a un sitio que no conocíamos hasta ese momento, y nos hace ver las cosas desde una perspectiva totalmente diferente y, en ocasiones, no deseada de antemano. ¿Pero por qué esta reticencia al cambio? Hay varias razones que podrían explicar este fenómeno

Por la necesidad de seguridad 

El futuro asusta, ¡y mucho!. Necesitamos saber qué va a pasar, y, sobretodo, necesitamos sentirnos capaces de controlar todo lo que pasa a nuestro alrededor; no hay nada más estresante que no ser capaces de “adivinar” cuál será el siguiente paso en nuestra vida. Tenemos que tener la seguridad de que todo va a ir bien, ¡o sino podría pasarnos lo peor! ¡Y yo con estos pelos!.

Por culpa de los malditos genes

Esas microscópicas cadenas de cromosomas y su maldita manía de controlar mi personalidad, ¡argh!. Pues sí, como en todo, hay un componente genético en la resistencia al cambio. Puede ser racional o irracional, pero lo que es verdad es que a veces, sin saber muy bien porqué, negamos de antemano la posibilidad de que algo no sea como nosotros queremos por el simple hecho de que no estamos familiarizados con ello, aunque no haya motivo alguno para sentir miedo. Por ejemplo: quieres comprarte un coche nuevo, tienes un buen sueldo, un trabajo fijo y una mujer deseando que te lo compres para que dejes de enseñarle fotos.. pero aún así, no estás del todo convencido, hay algo que no te cuadra, a pesar de que a priori todo está bajo control. Es el miedo a lo desconocido, tú conoces tu coche viejo, sus fallos, los sitios que has recorrido con él, cuánta gasolina le entra con el depósito vacío, etc. La creencia irracional se encuentra, por tanto, en creer que el coche nuevo será peor que el actual.

¿Alguien ha dicho crisis?

¿A quien no le asusta la crisis? Y más en los tiempos que corren. Demasiado tenemos ya en el plano económico como para encima pasar por una terrible crisis existencial… ¿Te has parado a pensar en las ventanas que se abren cuando una se cierra? Por supuesto que no, es más, probablemente sería en lo último que pensaras si te encontraras en una situación de cambio. Pongamos un ejemplo práctico: una ruptura sentimental. Si yo te dijera que dejarlo con tu pareja sería una maravillosa oportunidad de encontrar a alguien mejor probablemente te dieran ganas de darme una patada voladora que me mandara al espacio infinito. Y con razón… Pero analicemos la situación por un momento: ¿qué razón/es te lleva/n a pensar que NUNCA encontrarás a nadie como tu ex pareja? ¿es realmente merecedora de tu amargura? ¿crees que dentro de su perfección como persona, podría tener algún fallo que no te gustara? y, sobretodo, ¿qué oportunidades objetivas te ofrece la soltería? ¿Libertad? ¿Amor propio? ¿Tiempo para ti?… Think about it.

No dejes que el cambio te hunda en la miseria, sé que es fácil decirlo, yo mismo he pasado por algunas situaciones que no le deseo ni a mi peor enemigo, pero has de tener en cuenta que el pensamiento es un generador de bienestar si, como mínimo, tienes la voluntad de que lo sea. ¡Pruébalo, es gratis y encima nadie te lo puede quitar!